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El horror no tiene fecha de caducidad

· 12 July 2013 |  by Janantoon
· Published in: mensenrechten · politieke leugens · textos en castellano
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¿En qué idioma podríamos escribir sobre el holocausto? Tal vez deberíamos aprender quechua, el idioma antiguo de los Incas que todavía se habla en los Andes. Porque los idiomas europeos se han manchado con órdenes gritados, con informes, con actas policiales, con leyes para aniquilar a seres humanos. El quechua, el aymara, el guaraní y otros idiomas de pueblos indígenas suramericanos no tienen nada que ver con el holocausto. Ni siquiera conocían la palabra genocidio, sólo la realidad del mismo.

¿En qué idioma tendría que escribir yo? Soy belga, de la parte flamenca. Mi lengua maternal no es el neerlandés, sino un dialecto local. Encontré el neerlandés mucho más tarde, en el colegio, donde leímos Lucifer de Vondel con palabras del siglo dieciséis. También en el colegio aprendí el francés, idioma de la otra parte de Bélgica. Pero ese idioma lo encontraba extraño hasta que leí los poemas de Jacques Prévert. Igual con el inglés, el idioma de las canciones de los Beatles, pero que adquirió alma con los poemas de William Butler Yeats. El alemán se desarrollaba en mí con las novelas de Heinrich Böll y después con Max Frisch.
¿Y el castellano? Empecé a estudiar el castellano desde que nació Amanda, mi primera nieta boliviana. Y voy descubriendo un mundo maravilloso en el sur de las Américas.

AuschwitzEscribo este ensayo o cuento o poema en prosa — decide usted — después de un peregrinaje a Auschwitz. Pero dado que todavía no encuentro las palabras adecuadas, permítame elaborar un poco más el tema de los idiomas. Joseph Brodsky escribió en el inglés de su destierro: “Cuando un escritor recurre a un idioma distinto al de su lengua materna, lo hace ya sea por necesidad, como Conrad, ya sea debido a una ambición ardiente, como Nabokov, o por causa de una mayor alienación, como Beckett.” Lo de la alienación me interesa aquí. Porque estamos tratando de fabricar palabras, yo con el martillo del herrero y usted con la paciencia del yunque, para descubrir lo sucedido.

Vamos acercándonos con la poesía de Paul Celan. Su amigo Theodor Adorno había decretado que después de Auschwitz, escribir poesía sería bárbaro. Pero como poeta se encontraba en un aprieto. Superar la muerte de sus padres y el dolor de su pueblo, los judío-rumanos, en el idioma de su educación, que fue también la lengua odiada que producía palabras como Endlösung. Escribió entonces en alemán, pero amasaba y castigaba ese idioma.
Con muchas palabras estoy diciendo que no hay palabras.
No hay palabras que sean tan graciosas como anillos en los cuernos de cebúes, sabía el poeta Paul van Ostayen.

Ya vi el campo de Dachau hace veinte o veinticinco años (poco importa, el horror no tiene fecha de caducidad). Dachau fue un campo de concentración (también una palabra letal, fíjese bien), no de exterminación. Si la muerte en Dachau fue un efecto secundario, en Auschwitz se perfeccionó la ciencia de los últimos días.

Estuve en la pequeña cámara de gas que los SS no destruyeron.
Salí.

Así podría terminar mi ensayo. Tengo poco aguante con los Schindlers amables y las lágrimas de cocodrilos. En ese lugar, en esa iglesia sin dios, sentí que tenemos que mirar más lejos. Fijarnos bien. Porque cuando congelamos Auschwitz como algo del pasado, un santuario, un lugar de memoria de algo histórico, de otro tiempo, de otra gente, de monstruos, estaríamos perdiendo algo.

Campos como Dachau y Auschwitz fueron instrumentos de la violencia de un estado. La violencia de estado contra individuos. No fueron actos de guerra. Los judíos no tenían ni estado ni ejército, tampoco los gitanos ni los homosexuales. Las víctimas fueron ciudadanos de estados, arreados como ovejas, no porque fueran criminales condenados, sino porque tenían características que al estado no le gustaban. Traicionados por otros ciudadanos, agrupados por policías locales, ahuyentados por servicios secretos.

Y eso, ¿es algo del pasado? ¿Nunca más los estados han controlado a sus propios ciudadanos? ¿Nadie ha propuesto la idea de hacer un sitio web para señalar con el dedo? ¿Acaso no hay cámaras en cada rincón? ¿No hay servicios secretos que leen su correspondencia, escuchan sus llamadas? ¿Quizá los manifestantes pacíficos provocan la violencia de policía?

Vaya a Cracovia, es una ciudad agradable. Haga el peregrinaje a Auschwitz. Pero por favor no haga la ruta turística de Schindler. Más bien siéntese en una terraza y tome una cerveza. Piénselo todo bien. A lo mejor se puede convencer que tiene que reaccionar cada vez que hay una noticia sobre corrupción, usurpación del poder, violencia de un servicio de estado. Y fíjese, la violencia escondida es mucho más peligrosa que la violencia abierta de los policías.

Auschwitz es como el martillo de un herrero. La sutileza nunca fue una prioridad de los nazis. Eso sí han aprendido nuestros estados modernos, nuestras presuntas democracias. El horror no tiene fecha de caducidad. La mentira tampoco. Y siempre habrá una empresa que quiera vender alambre de espino, y otra empresa que venda hornos de gas, y aún otra que suministre Zyklon B.


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